dilluns, 21 de febrer de 2011

Un día cualquiera

Un día más, las 4:00 de la mañana, aproximadamente. Me levanto de la cama, si es que se le puede llamar así, un bulto de paja cubierto con trapos rasgados.

Hace frío. Ya son las 4:30. Aún me queda un largo camino para ir a la escuela ya que la más cercana a mi casa queda a 12 km. El camino es largo. Son ya las 5:30 y está a punto de amanecer pero aún queda un poco de camino a oscuras, con el miedo dentro a delincuentes y ladrones.

Poco a poco, a la par que el sol despierta, el miedo desaparece. Las 6:30 y el pueblo ya se ve en el horizonte. Estoy cansado, tengo sed y hambre, aunque tendré que esperar a llegar al pueblo. Allí quizás haya suerte y encuentre algo de comer.

Por fin he llegado al pueblo y el sol ya ilumina sus calles. Los pocos comercios abren sus puertas y las calles se empiezan a llenar de personas, la mayoría con problemas de desnutrición a causa de la pobreza generalizada.

Son las 7:30. La escuela se encuentra al otro lado del pueblo, pero ya casi he llegado. Cerca de la escuela hay un pozo común y podré aprovechar para beber mientras llega la hora de entrar en clase.

Ya casi es la hora. No he podido comer nada desde la hogaza de pan que tomé ayer antes de dormir.

El timbre suena, las clases empiezan y en las aulas parece que se ha firmado un pacto contra la realidad. Nos divertimos, jugamos todos juntos y los maestros nos enseñan no sólo matemáticas y lengua sino algo más importante, el respeto por los mayores, por nuestros iguales y por nosotros mismos.

Las clases concluyen y, una vez más, la realidad despierta. Miedo, angustia y un pequeño sentimiento de esperanza para el futuro.

El camino de vuelta es largo y solitario, como en un desierto abrasador, y a penas me queda tiempo para trabajar un rato en el campo e irme a dormir. Al llegar la noche no hay mejor recompensa que una hogaza de pan y rezar por un mañana mejor.

Cristian Moreno Moreno. 1º Bachiller. IES Playa Flamenca

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