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dilluns, 20 d’octubre del 2014

Muros

Hoy el mundo sigue rodeado por barreras que dividen a países, pueblos y familias, de Brasil a Uzbekistán, de Cisjordania a México. Este trabajo retrata la situación de estos lugares y plantea la desaparición de los muros. Dirigido por Maysun Cheikh Ali Mediavilla.

diumenge, 23 d’octubre del 2011

Lalia

Lalia es una niña saharaui que vive en un campamento de refugiados.

dimarts, 12 d’abril del 2011

Gaeima

Cuando mi madre propuso traer una niña saharaui a casa todos estuvimos de acuerdo. a pocas semanas de su llegada, decidimos que iríamos a ayudar a los voluntarios a traer a todos los niños a sus respectivos pueblos. Cuando llegaron los niños todos eran tímidos y callados. Cuando supimos quién era nuestra niña fuimos corriendo hasta ella, Gaeima. Era una niña muy callada y no sabía nada de español, pero poco a poco, todos fuimos aprendiendo un poco de todos. Recuerdo que los primeros días siempre se intentaba guardar comida para después y guardaba cosas bajo la cama si nosotros saberlo. Las noches las pasaba llorando por su madre y cogía el teléfono sin permiso para llamarla. Cuando se fue acostumbrando ya no lloraba y llamábamos a su madre siempre que podíamos. Aún recuerdo su cara al ver el mar. Los ojos se le abrieron como platos cuando vio tanta agua junta... Siempre se la veía feliz... Al verano siguiente volvío a venir...


En diciembre de ese mismo año, fuimos a su casa. Cuando llegamos, bajamos asombrados del avión. Era un aeropuerto militar, todo era arena y estaba rodeado de militares con pistolas y metralletas. Lo único que había allí era arena y un camión para llevarnos a todos. Cuando llegamos al pueblo (27 de febrero, así se llamaba el pueblo) era un campamento de refugiados, gente que no quería guerra y se refugiaron en unas jaimas que había en una tierra de Mauritania. Aquellos saharauis se habían refugiado en un montón de tiendas de tela y casas de adobe. Era invierno y había 40º de temperatura, no había agua, la única que había estaba en un depósito de metal en la puerta. Entrando a la casa vimos que no había electricidad. Había una tele desenhufada, sin cables, la luz era la que entraba por las ventanas, esas ventanas a ras de suelo que tanto me llamaron la atención, era para que pasara el viento cuando estaban sentados en el suelo. De noche, utilizaban una placa solar que tenía el tamaño de un folio y que había estado todo el día al sol. Recuerdo a Gaeima irse andando cuarenta y cinco minutos a la escuela por aquellas dunas de arena. Volver a mediodía, otros cuarenta y cinco minutos, irse otra vez, y volver por la noche. ¡Todos los días! la comida era siempre seca, arroz, garbanzos... Y todo con carne de camello, una carne negra. La guardaban en la habitación sin ventanas, siempre fresca. Los hombre no trabajan y las mujeres hacen alformabras,  todo en casa. Limpian la ropa en un balde, y se pasan la mañana haciendo la comida. Todos duermen en el suelo. Y los niños no tienen nada, ni balones, ni zapatillas, ni nada, se tienen que divertir tirando piedras. Nunca olvidaré la sonrisa de aquel niño cuando le regalé aquella pelota... Lo mejor de todo el viaje...
Carmen Espinosa. 3 ESO, IES Azud de Alfeitamí

divendres, 9 de juliol del 2010

dimecres, 5 de maig del 2010

Un granito de arena más...

LA HERENCIA NEGADA

Una noche, en Madrid, pregunté al taxista:
- ¿Qué trajeron los moros a España?
- Problemas – me respondió, sin un instante de duda ni vacilación.
Los llamados moros eran españoles de cultura islámica, que en España habían vivido durante cinco siglos, treinta y dos generaciones, ya allí habían brillado como en ninguna otra parte.
Muchos españoles ignoran, todavía, los resplandores que han dejado aquellas luces. La herencia musulmana incluye entre otras cosas:
- la tolerancia religiosa , que sucumbió a manos de los reyes católicos
- los molinos de viento, los jardines y acequias qué todavía dan de beber a varias ciudades y riegan sus campos.
- el vinagre , la mostaza, el azafrán, la canela, el comino, el azucar de caña, los churros, las albóndigas, los frutos secos
- el ajedrez
- la cifra cero y los números que usamos ;
- el algebra y la trigonometría
- las obras clásicas de Anaxágoras, Ptolomeo, Platón, Aristóteles ,Euclides , Arquímedes, Hipócrates, Galeno y otros autores , que gracias a las versiones árabes se difundieron en España, y en Europa;
- las cuatro mil palabras árabes que integran la lengua castellana ;
- y varias ciudades de prodigiosa belleza, como Granada, que un copla anónima cantara así :

Dale limosna, mujer
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada.

Fragmento de "ESPEJOS", Eduardo Galeano

Obrim una finestra al món


El desierto representa muy bien el obrim, granito a granito de arena se han conseguido muchas dunas que no pueden ni quieren quedarse quietas .


María José, Carlos, Irene, Vero y Abelardo

dimarts, 9 de març del 2010

Con el Sáhara clavado en la retina





























Con el Sáhara clavado en la retina


Un avión pone fin a las distancias salvadas,
el trayecto esperando esperanzas inesperadas,
aeropuertos con intenso olor a madera corrupta
despiertan a los soñadores de su mentira.

La carretera rodeada de arena, sin horizontes,
el camión de la noche parece llevar a la nada
a este descapotable lleno de bolsas contra el hambre.

El viento en la cara recupera la ficción cacheada,
brisa de un desierto que agradece paciencia perdida,
en esta oscuridad no se deja ver lo de fuera,
unas llegadas regadas de incertidumbre interminable.

La madrugada, sin fuerzas frente al encuentro,
devuelve a los trovadores la música de sus letras,
las caricias morenitas de un verano cuenta-cuentos.

Están aquí, en la niña que hechiza nuestras miradas,
sus pies descalzos dejan huellas en caminos sin anchura,
hasta que el día y la noche duerman juntos,
hasta que sueños tan distantes se acuesten en la jaima.

Días que no quieren irse, cruzando infinitas vidas,
los paseos robando el tiempo al reloj carcelero,
noches mudas, donde sólo baila la libertad,
llevan a la derrota a los espectáculos parlantes
con una alfombra sobre un cielo embrujado.

Una ternura invisible, quedándose clavada en los ojos,
para siempre, desempañando la estupidez de las dudas,
olvidando el miedo, enmarcado donde todo lo tiene.

Hombres negociando con el té ser libres,
dando clases de comprensión a un occidente ciego,
mujeres aprendiendo en hasanía algo de vida
y la vida estudiando el calor de sus risas.

Niños queriendo ser niños como un niño,
jugando a planear la vuelta a su tierra,
niñas mostrando la magia que ciega al adulto,
tatareando un idioma dulce al oído cansado;
y unos labios secos se humedecen, de sus lindas canciones.

Versos de lógica falta de tristeza enamoran,
multitud de miradas color negro esperanza
atrapan mendigos en un sueño desierto...
sueño del Sáhara,
que dictas los apuntes en la olvidada lengua alegría,
que en los gestos de tus iris la luz nunca marche,
que se quede, como la luna llena, en corazones,
y que alguno viajero, de paz vuelva a su infancia,
como un niño de diez años, o una niña de siete.

Allí, ahora y siempre...
es aquí para un corazón transparente.

Israel Morales Benito


dissabte, 9 de gener del 2010

Sahara

Me hubiera quedado una semana más. O, tal vez, toda la vida, quién sabe. No. Seguro que no. Pues sí, así estoy, reubicándome en mi mundo, el que me ha parido, ese que genera noticias que ahora no me apetece leer, oir o ver. Paso de todo. Hasta me he acostumbrado a dormir sin radio. Sí, estoy en ese momento -fugaz, lo sé- en el que todo lo de aquí me resbala. Ahora sólo estoy yo y mis niñas saharauis, las que sonreían o se escondían a mi paso, las que me buscaban y las que me huían, las que buscaban mi mirada y luego, encontrada, la rehuían. Las que me pedían caramelos y las que no. Heila, Hadu, Miki, Hendu, Ebneta… también la hermana de Vía y todo el resto, todas las sin nombre. También había niños como Hussein, de 15 años, que lloraba desconsoladamente en el momento que nos íbamos y al que tuve que pedir un abrazo para que no me viera llorar. Como Chej, que hasta el penúltimo día no quiso dedicarme una sonrisa para una foto, como si me la hubiera estado reservando toda la semana. Como Vía, que no podía dejar de sonreir jamás.

Manuel Fernández
Todos con el Sáhara